jueves 26 de noviembre de 2009

¿QUIÉN DECIDE EL ABORTO? .... ¿Y PARA QUÉ?


ABORTO: NI DERECHO NI OBLIGACIÓN

Cuando me enfrento a la regulación legal de la interrupción del embarazo, no puedo hacerlo como si de una ley sobre seguros agrarios se tratara. Al votar una ley sobre el aborto mi conciencia me interpela.
El Congreso apoya el proyecto de la Ley del Aborto con 183 votos a favor
El nuevo proyecto de ley se dirige a corregir las insuficiencias del anterior
¡Mujer, actúa en conciencia, esta ley no te condena!
Creo que le ocurre algo parecido a muchos ciudadanos cuando reflexionan sobre la vida del no nacido. Y es así porque, se diga lo que se diga, sabemos con certeza que el feto no es un órgano propio de la mujer, sino una realidad distinta de la mujer gestante. El feto es más un "alguien" que un "algo". No puedo negar sin mentirme que tengo la convicción de que en el seno materno se alberga una vida humana en formación que es digna de protección. Estamos ante un valor constitucional. El alto tribunal establece que el feto "en todo caso, es un bien no sólo constitucionalmente protegido sino que encarna un valor central del ordenamiento constitucional" (STC 53/1985, FJ 9).
Sin embargo, el aborto es también una realidad, y la experiencia nos dice que su prohibición en cualquier circunstancia, además de acarrear graves e indeseadas consecuencias, sólo ha logrado su práctica clandestina. Ante esta realidad, el legislador responsable no debe mirar a otro lado. Como dice el profesor Peces-Barba, "el aborto es siempre un mal porque acaba con un germen de vida y se rompe una línea biológica natural... -pero la ley lo regula- porque ponderando los bienes y los males en juego considera que puede haber otros males mayores". (La democracia en España, página 193).
El aborto no es un bien ni un derecho. En el núcleo de mis convicciones éticas y religiosas está la defensa de la vida y el amparo al más débil, valores que son patrimonio de la tradición humanista y progresista española. Giner de los Ríos defendía con énfasis los deberes éticos y jurídicos del Estado respecto del feto. (Ver Resumen de Filosofía del Derecho, página 118).
En este tema, como dice Obama, hemos de evitar, especialmente, "la caricatura del otro", porque el aborto no debe presentarse como un asunto ideológico sino de conciencia, y debe plantearse con serenidad, de manera que nos permita atribuir a quienes discrepan la misma presunción de buena fe que nos concedemos a nosotros mismos.
El debate que hoy se plantea en España no es si se despenaliza o no el aborto. Ese debate tuvo lugar en 1985. La cuestión es que aquella despenalización de 1985 ha dado cobertura, por su ambigüedad, a un excesivo número de abortos: 115.812, sólo en 2008. Más aún, la falta de limitación temporal del tercer supuesto, el de la salud psíquica, bajo el cual se ha producido el 97% de los abortos, ha provocado abusos escandalosos. El Consejo de Estado dice en su dictamen que la actual legislación:"Ha llevado a España a una indeseable situación de aborto libre cuando no arbitrario... ha hecho de España un paraíso del turismo abortista" (página 17). ¿Es esta normativa la que hay que preservar? Evidentemente, no.
El nuevo proyecto de ley supone un modelo de regulación, el de plazos, y una concepción preventiva que precisamente se dirige a corregir las insuficiencias del anterior. Debe servir para reducir el número de embarazos no deseados que conducen al aborto y también para garantizar mejor la protección del nasciturus y mejorar las garantías jurídicas para las mujeres que deciden interrumpir su embarazo. En este sentido, puede hablarse con verdad de que apoyaremos una ley que bien podría denominarse Ley para la Reducción de Abortos en España.
A este respecto es preciso recordar que la Iglesia católica acepta que "un parlamentario... pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley (aborto) y disminuir así los efectos negativos..." (Encíclica Evangelium Vitae, n. 73). Resultan contradictorias con esta disposición papal, además de socialmente chocantes, las posiciones condenatorias y de agresividad actual de aquellos religiosos españoles que, durante los ocho años que gobernó el PP, aceptaron mansamente la aplicación de la ley de aborto aprobada en 1985.
El proyecto de ley es, sin duda, mejorable. En su actual redacción queda claro que no hay un derecho fundamental al aborto. En ningún sitio del proyecto podrá encontrarse tal formulación. No es un derecho porque como dice Peces-Barba "los derechos se basan y buscan bienes, nunca males" y, además, porque la vida prenatal es un bien jurídico constitucionalmente protegido. Según el proyecto de ley, hasta las 14 semanas prevalece la decisión de la mujer, pero a partir de esa fecha, como en la mayoría de los países europeos, se impone la protección del nasciturus, salvo la doble indicación: el grave riesgo para la salud de la embarazada o las graves anomalías fetales.
Los diputados vamos a debatir el proyecto y puede salir mejorado. Confío en que el resultado sea conforme al patrimonio moral compartido por la mayoría de los españoles, de manera que la nueva ley no se vea como una propuesta partidista. En este sentido, hay al menos tres cuestiones que ocuparán la atención parlamentaria: la primera, la información a los padres de la menor con más de 16 años; la segunda, el reconocimiento de la objeción de conciencia para los profesionales; la tercera, las acciones dirigidas a la reducción de los embarazos no deseados, en cuyo marco destaca la educación sexual.
El conflicto moral es propio de la acción política en democracia. La política no puede limitarse a la proclamación verbal de los principios. Por el contrario, debe atender a la realidad concreta en la que los principios han de aplicarse, evaluando las consecuencias de tal aplicación (principio ético de responsabilidad por las consecuencias). La disminución del número de abortos que la nueva ley comportará al modificar la actual regulación del supuesto del conflicto psíquico que carece de limitación temporal y que ha dado cobertura legal a abortos en estadios de gestación muy avanzados, invita a defenderla, aunque sólo sea por "la teoría del mal menor". En este aspecto, la nueva ley supondrá un notable progreso que es decente reconocer y valorar por todos. Yo, desde luego, lo valoro y reconozco.
Hay sectores de la Iglesia católica que exigen al Estado que actúe con mano justiciera, aplicando penas y castigos, mientras se reservan para ellos la mano acogedora del perdón o de la penitencia purificadora. Como político que quiere inspirar su vida en el Evangelio de Jesús, aspiro a que también la nueva ley incluya una dimensión de comprensión y de misericordia. ¡Mujer actúa en conciencia, esta ley no te condena!
José Bono es presidente del Congreso de los Diputados.

miércoles 25 de noviembre de 2009

EL LABERINTO LABORAL.... ¿DERECHO O ESCLAVITUD?


La culpa del paro es de los trabajadores
En épocas de crisis, la caída de los beneficios afecta al conjunto de cada empresa, pero los que pierden el trabajo suelen ser los más débiles. Quizá sea hora de plantearse reducir los sueldos de los altos ejecutivos
LOURDES BENERÍA Y CARMEN SARASÚA


Tres hoteles de la cadena Hyatt Hotels Corporation de Boston, en Estados Unidos, despidieron recientemente a casi 100 trabajadores de la limpieza, que cobraban 15 dólares por hora y tenían seguro médico, en su mayoría mujeres negras e inmigrantes, que llevaban 20 años en la empresa. A través de una empresa de trabajo temporal, Hyatt ha contratado a nuevas limpiadoras a 8 dólares la hora y sin seguro médico. A las despedidas se les encargó enseñar gratis a quienes iban a reemplazarlas, que les fueron presentadas como sustitutas para vacaciones. La empresa alega que la crisis ha reducido sus beneficios y les obliga a tomar esta medida. Las trabajadoras denunciaron el despido a un sindicato, que ha organizado una formidable campaña de boicoteo a la empresa, a la que exige readmitir a los despedidos. A la campaña se han sumado desde la Asociación de Taxistas de Boston a organizaciones profesionales que están dejando de utilizar estos hoteles, respaldados por el propio gobernador de Massachusetts y el Ayuntamiento de Boston.

El rechazo social a los ingresos escandalosos no debería quedarse en una censura coyuntural
La teoría económica no explica por qué mujeres y negros ganan menos que los hombres blancos


La noticia no es que se despida a trabajadores en tiempos de crisis. Ni que se despida a trabajadores veteranos y formados y se les reemplace por jóvenes sin formación. Tampoco es nuevo el secretismo en los despidos, ni obligar a quienes van a perder su trabajo a enseñar gratis a quienes les reemplazan. Lo novedoso es que frente a unos despidos se levante una ola de indignación que ha llegado a los políticos y al mundo académico. La International Association for Feminist Economics (IAFFE) afirma que si la empresa trataba de reducir costes para compensar la caída de beneficios hubiera conseguido una reducción mayor recortando un 1% los salarios de los altos ejecutivos que despidiendo a 100 de los empleados peor pagados.
En todos los países se aprecia un rechazo creciente a las enormes diferencias de ingresos entre los ciudadanos, que con frecuencia no responden a la cualificación ni al trabajo realizado. En España es fácil encontrar titulares denunciando El sueldo escandaloso de los banqueros. En EE UU, sus desorbitantes primas han llevado a The New York Times a afirmar que "no tienen vergüenza". También los salarios de los altos ejecutivos han generado un debate nacional, culminando con el anuncio del Gobierno de Obama de limitar el sueldo de 175 personas que dirigen empresas rescatadas por el Gobierno. El rechazo social a estos ingresos escandalosos no debería quedarse en una censura coyuntural. La crisis hace políticamente inaceptable la miseria creciente, las desigualdades en las rentas y en el nivel de vida de las personas. Unas desigualdades que durante las últimas décadas de políticas económicas neoliberales han aumentado, no disminuido, como nos prometieron. En nuestra opinión, la indignación contra las diferencias abismales no debe taparse ni desactivarse, sino, al contrario, convertirse en una oportunidad para repensar cómo explicar las desigualdades.
¿Cómo se asignan los salarios? ¿Cómo se decide lo que cobra la gente -los directivos de bancos y empresas, los empleados, los políticos? Una rápida ojeada a cómo ha explicado la Teoría Económica la formación de los salarios desde hace 250 años muestra una combinación de conceptos primarios que seguimos oyendo cada día en boca de los representantes de la patronal y de instituciones del Estado: hay que abaratar el despido, reducir los subsidios al desempleo, bajar los salarios y las cotizaciones a la Seguridad Social, los convenios colectivos y las cotizaciones son los culpables de que no se contrate más... Aunque estos argumentos tienen sentido bajo ciertas circunstancias, es importante que analicemos la teoría que los justifica.
La primera teoría con la que se explicó la formación de los salarios fue la de los "salarios de subsistencia", sostenida por Malthus a finales del siglo XVIII, y por Ricardo a principios del XIX. Para el párroco Malthus, los trabajadores debían recibir unos salarios equivalentes a lo necesario para cubrir sus necesidades básicas. Cuando se les pagaba de más tenían más hijos, en pocos años aumentaba la oferta de trabajo, había más trabajadores que empleos, y la ley de la oferta y la demanda hacía que los salarios cayesen, provocando hambre y mortandad. Esta visión fue rechazada más tarde por Marx, para quien el que hubiera más trabajadores que empleos no sólo no era negativo para el capitalismo, sino que era lo que garantizaba sus beneficios, al constituirse en un ejército de reserva de fuerza de trabajo que permitía al patrono reemplazar a los trabajadores por otros más baratos. Sólo la negociación colectiva y la unión de los trabajadores en sindicatos podían contrarrestar el juego.
A finales del XIX, y en su afán por justificar la desigualdad salarial, la revolución marginalista explicó el salario como equivalente a la "productividad marginal" del trabajo. Es decir, los salarios igualaban el valor del producto neto que producían, y el desempleo era el resultado de que los trabajadores "costaban" más de lo que "valía" su productividad. En otras palabras, ganamos lo que vale nuestro trabajo. Si los directivos ganan mil veces el salario medio es porque producen mil veces el valor que nosotros producimos. ¿Que han arruinado a su empresa y perdido el dinero de los inversores... y siguen ganando mil veces más que usted? Aun así, dirá un economista ortodoxo. Naturalmente que la crisis económica disminuye el valor del producto marginal de los trabajadores, pero también el de los ejecutivos. La producción de una empresa representa el esfuerzo de muchos trabajadores. ¿Cómo distinguir entre los "productos marginales" de cada uno? Como en el caso de las limpiadoras de los hoteles Hyatt, las pérdidas son del conjunto de la empresa, pero quienes pierden el empleo suelen ser los más débiles.
Además, la teoría económica ortodoxa ignora lo que Lester Thurow ha llamado "the sociology of wage determination", los factores sociales y políticos que afectan a la remuneración del trabajo, como la existencia de sindicatos, las políticas de promoción de las empresas, o los salarios mínimos. Por el lado del capital, el acceso privilegiado a la información y a relaciones con las élites económicas y políticas, y los privilegios heredados, benefician su capacidad de negociación y sus múltiples fuentes de ingresos. La teoría económica tampoco explica por qué las mujeres y los negros (hombres y mujeres) ganan siempre menos que los hombres blancos. Porque el valor de lo que producen es menor, dirá un economista ortodoxo. Ellas han decidido estudiar menos y en consecuencia están peor formadas, o trabajan menos horas, o insisten en emplearse en sectores menos productivos. Estas explicaciones economicistas prefieren ignorar el racismo, las normas patriarcales o la profunda desigualdad de oportunidades entre grupos sociales.
En definitiva, la teoría económica al uso prefiere no tener en cuenta las diferencias de poder entre trabajadores, y entre éstos (que aceptan lo que les ofrecen porque su subsistencia depende de ello) y el capital (que impone sus condiciones puesto que puede no ofrecer el empleo). Si usted fuera más productivo ganaría más. Las injerencias de sindicatos o gobiernos sólo empeoran las cosas: a cambio de que unos pocos ganen más muchos perderán su empleo, o muchas empresas cerrarán, incapaces de hacer frente a los costes. Sobre los salarios que se asignan a sí mismos estos ejecutivos, directivos, empresarios, sobre cómo pactan sus primas, bonus, incentivos, blindajes, exenciones fiscales..., silencio.
La teoría económica lleva 200 años explicando la asignación de salarios como un proceso eficiente; intentando convencernos de que hay que dejar actuar al mercado. Pero la crisis económica nos está invitando a dudar de ella. La imposición de límites salariales a algunos ejecutivos por parte del Gobierno de Obama plantea el debate de qué consideramos un "salario justo". Entidades financieras como Credit Suisse están cambiando sus formas de pago y ejecutivos como Kenneth D. Lewis, del Bank of America, renuncian al sueldo (aunque cobrará 60 millones de dólares cuando se jubile en diciembre). No es que estas propuestas solucionen nada, pero reflejan la presión social. Si las empresas fueran más democráticas, los trabajadores podrían negociar y sugerir cambios sin tener que depender del Estado para proteger su empleo y su salario. Las directivas de organizaciones como la OIT son también un punto de partida para un mundo laboral más justo. Si dejamos de considerar aceptables las desigualdades brutales, si dejamos de aceptar que los salarios reflejan lo que vale nuestro trabajo, si presionamos como ciudadanos para que nuestros gobiernos asuman el objetivo político de un trabajo digno para todos, esta crisis se habrá convertido en oportunidad. En todo caso, estos esfuerzos deberán incluir el objetivo de reconstruir una teoría económica fosilizada.
Lourdes Benería es profesora de Economía en la Universidad de Cornell y

Carmen Sarasúa es profesora de Historia Económica en la UAB.

lunes 23 de noviembre de 2009

¿NAVIDAD, NAVIDAD y EPIFANIA?

¿Navidad?
ALMUDENA GRANDES


Cuando yo era pequeña, la Navidad empezaba el 22 de diciembre. El día de la lotería nos daban las vacaciones, y como al día siguiente no había clase, por la tarde nos íbamos al centro a ver las luces. Este año, ya llevan puestas casi un mes, y falta otro para que salga el gordo. El espectáculo de los esqueletos de acero repletos de bombillas apagadas que corona todas las perspectivas, me produce una misteriosa melancolía. No suelo añorar el país de mi infancia y, sin embargo, aquello era Navidad. Esto no sé lo que es.
Un signo de la era del consumo, supongo. Un indicio de prosperidad material, que sobrevive al rigor de la que hace un año iba a ser la peor crisis de la historia y ahora vaya usted a saber, porque nunca, que yo recuerde, los expertos han sido menos expertos, ni han sembrado tanto desconcierto. Una devaluación de la espiritualidad, claman quienes defienden que el espíritu humano no alienta fuera de los muros de los templos. Seguramente tienen razón, pero resulta paradójico que en una sociedad cada día más pagana -lo dicen ellos mismos, al proclamar que España se ha convertido en tierra de misiones-, una fiesta de origen religioso se dilate hasta dominar todo un trimestre de trivialidades.
Eso, la sensación de que navegamos sobre una cáscara, es lo más inquietante del virus navideño que desata cada año una epidemia más precoz que la anterior. La Navidad ha dejado de ser un compromiso de los católicos para convertirse en una pesadilla universal, una condena perpetua al villancico de la que, desde mediados de octubre, nadie puede escapar. Y, digo yo, si ya somos paganos, ¿no podríamos volver a la austeridad de cuando éramos creyentes? Lo que nos ahorráramos en diseñadores y cabalgatas podría reforzar el gasto social del Estado, mientras los expertos se ponen de acuerdo en el porvenir de la crisis económica.

domingo 22 de noviembre de 2009

¿EXISTE LA BELLEZA?


El alma científica del arte
Las simetrías son, en algún sentido, el "pilar más profundo y descarnado" de la belleza. Varios libros explican las relaciones entre ciencia y creación artística.
JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON

Difícil tarea es la de definir qué es el arte y de relacionarlo con la ciencia. Difícil y sobre todo diversa, ya que no es lo mismo hablar de la música que de las disciplinas que tratan los libros, objetos de la presente reseña, la pintura, sobre todo, y en menor grado la escultura o la arquitectura. Limitándome a éstas, una posible, y sin duda limitada, definición de arte es decir que es la aplicación, con el recurso de la técnica, de unas habilidades para expresar -y/o producir- sentimientos. Claro que si lo que se pretende es establecer algún vínculo con la ciencia, un vínculo que vaya más allá de los materiales y técnicas que el artista emplea, tal vez habría que recurrir a una definición que Émile Zola incluyó en un artículo (Les réalistes du Salon) publicado el 11 de mayo de 1866: "Una obra de arte es un ángulo de la creación visto a través de un temperamento"; esto es, el arte como modo de expresar la naturaleza (la creación), a la que la ciencia dedica sus esfuerzos.
Las imágenes sirven a la ciencia al igual que ésta a aquélla, pero ¿es esto todo?
El artista puede optar por caminos diferentes a la hora de expresar su "temperamento". Puede, por ejemplo, seleccionar temas científicos o técnicos como motivos de sus obras, buscando representarlos de la manera más fiel posible (realismo). Muestra de que tal senda ha sido seguida por numerosos artistas del pasado son tres libros: Neurología en el arte, de Josep Lluís Martí i Vilalta, neurólogo del hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona; Ideas e inventos de un milenio 900-1900, de Javier Ordóñez, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, e Imágenes del Cosmos, del astrofísico y prolífico divulgador de la ciencia John Barrow. En ellos se reproducen un buen número de obras de ese tipo, aunque no son meros catálogos ilustrados, sino que cada uno tiene un propósito. Al de Martí i Vilalta lo podemos considerar una visión artística del sistema nervioso, de sus enfermedades y de la neurología, fin para el que ha seleccionado cuadros que le permiten hablar de diversos elementos y enfermedades del mundo neurológico. Aparecen, así, pinturas como La danza epiléptica (1642), de Brueghel El Viejo, o La loca (1822), con su delatadora (desde el punto de vista clínico) mirada perdida, de Théodore Géricault; la hemiplejía y afasia que se observan en El lisiado (1642), de José de Ribera; a la enfermedad de Parkinson la identifica Martí i Vilalta en uno de los monjes de San Hugo en el refectorio de los cartujos (1630-1635), de Zurbarán, mientras que la primitiva práctica neurológica se muestra en el óleo anónimo del siglo XV conservado en el Prado, San Lucas operando, y la más moderna -el médico como investigador- en Una investigación (1897), donde Joaquín Sorolla retrató a Luis Simarro preparando el material para uno de sus trabajos, rodeado de discípulos y compañeros. No faltan tampoco el impresionante óleo (1820) de Goya en el que se le ve, a la edad de 73 años, siendo asistido por el doctor Arrieta, ni el conmovedor y temprano (1897) óleo de Picasso, todavía distante de ser un revolucionario del arte, Ciencia y caridad.
Por su parte, lo que Ordóñez busca es resaltar la importancia que los inventos -la técnica, hermana de la ciencia- han tenido en la historia de la humanidad. Para ello ha escogido una serie de instrumentos y temas que le permiten dar idea de tal importancia. Y la ha acompañado de una extraordinaria colección de imágenes (de óleos y grabados sobre todo, pero también de fotografías). Imágenes como el magnífico grabado del cuadrante mural que Tycho Brahe tenía en su castillo-observatorio de Uraniborg, y que incluyó en su libro de 1598, Astronomiae Instauratae Mechanica; óleos como El geógrafo (1668-1669), de Jan Vermeer: Experimento con un pájaro en una bomba de vacío (1768), de Joseph Wright de Derbi, y retratos como el que el pintor finlandés Albert Edelfelt hizo de Louis Pasteur en su laboratorio parisiense y el de John Collier de Charles Darwin; grabados de microscopios y telescopios, fotografías de teléfonos, de construcciones arquitectónicas, prodigios de la técnica como la Torre Eiffel, o la que en 1875 tomó Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, de la niña Alexandra (¿o deberíamos decir tal vez Alicia?) Kitchin, tumbada en un sofá.
La intención de Imágenes del cosmos es diferente, en la medida en que aunque recurre a obras que con justicia podemos denominar "de arte" (como La noche estrellada, de Van Gogh; el Corpus Hypercubus, de Dalí, o el Atlas Farnesio, que soporta una esfera terrestre en la que su escultor incluyó la eclíptica o los dos trópicos), lo que se pretende en él es mostrar en qué medida las imágenes forman parte de la propia ciencia. Y abundan, ciertamente: funciones trigonométricas, fotografías de galaxias y otros objetos astronómicos, diagramas espacio-tiempo en la relatividad einsteiniana, la doble hélice del ADN, las cúpulas geodésicas ideadas por el arquitecto Richard Buckminster Fuller, que posteriormente el químico Harry Kroto encontró en agrupaciones de 60 átomos de carbono, apropiadamente denominadas hoy "fullerenos", trayectorias de partículas subatómicas obtenidas en cámaras de burbujas, los diagramas de Feynman de la electrodinámica cuántica, o fractales; y también, por supuesto, ilustraciones tan clásicas como las de De revolutionibus orbium coelestium de Copérnico o De humani corporis fabrica de Vesalio, ambos publicados en 1543. Como señala Barrow en la introducción, todas estas imágenes poseen una historia: "Unas veces dicha historia se refiere a su creador; otras, a la nueva percepción científica que surgió a partir de esa imagen; en algunas ocasiones, lo interesante radica en la propia técnica de representación, mientras que en otras aquella imagen tuvo una inesperada relevancia que favoreció la aparición de toda una nueva forma de pensamiento. Y a veces se trata, simplemente, de una historia de lo inesperado". Es un buen resumen de este interesante libro.
La trama (matemática) oculta del arte. Bien, las imágenes sirven a la ciencia al igual que ésta a aquélla, pero ¿es esto todo? ¿No existe alguna otra relación, más profunda, menos "notarial" (las imágenes como notarios de lo que se da en la naturaleza), entre ciencia y arte?
Si se buscan tramas ocultas sobre las que se asienta una estructura, lo mejor es indagar en el vasto universo de la matemática, una disciplina tan ubicua como peculiar: aparece en prácticamente todos los recovecos de la naturaleza, pero al mismo tiempo vive fuera de ella, en organizaciones lógicas que no parecen tener nada que ver con lo que existe, con los objetos de los que se ocupan ciencias como la física, la biología, la química o la geología. De hecho, la bibliografía que trata del posible papel de la matemática en el arte es abundante, algo por otra parte nada sorprendente a la vista de tantos edificios y dibujos en los que identificamos, o sospechamos que existen, estructuras matemáticas subyacentes. Una reciente adición a tal bibliografía es Geometría para turistas, de Claudi Alsina, un libro sencillo, que no se anda por las ramas; todo lo contrario, ha escogido el muy directo camino de la ejemplificación. Concebido como una guía turística, muestra tramas matemáticas ocultas en 125 ejemplos, la mayoría de construcciones arquitectónicas singulares como Stonehenge, el Partenón de Atenas, la cúpula de San Pedro, las villas de Palladio, el Taj Mahal, la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright, el Parlamento de Berlín o las Torres Kio de Madrid; recurre incluso al plano del metro de Londres, al que Eric Hobsbawm calificó (A la zaga. Crítica, 2009) de "la obra de arte de vanguardia más original de la Gran Bretaña de entreguerras".
Más ambicioso y argumentativo es Las matemáticas y la Mona Lisa, de Bülen Atalay. Como el título indica, su argumento gira en torno a un personaje que no puede faltar cuando se analizan las relaciones entre arte y ciencia: Leonardo da Vinci, el hombre que no sólo plasmó en maravillosos dibujos sus ideas sobre inventos o sus estudios anatómicos, sino que también reflexionó sobre las proporciones y la belleza (recuérdese su El hombre de Vitrubio). Aunque no excesivamente original, sí es el libro de Atalay lo suficientemente ilustrativo como para detenerse en sus páginas, en las que se analizan, mediante un cierto repaso histórico, cuestiones del tipo de la presencia de polígonos regulares, proporción divina o áurea, simetrías o teoría de la perspectiva en obras de arte como pueden ser las pirámides de Egipto, cuadros de Dalí o dibujos de Escher, además, por supuesto, de en las obras de Leonardo, al que Atalay idolatra demasiado, como cuando escribe la siguiente exageración: "Si en su época hubiera podido publicar las reflexiones científicas que encontramos en sus manuscritos, puede que hubiéramos alcanzado nuestro nivel científico y tecnológico actual hace dos siglos".
Einstein 'versus' Picasso. "Influencia", "relación" son términos que implican una cierta conexión jerárquica: la ciencia influye en el arte, o éste en aquélla. Pero, ¿no se han dado situaciones en las que surgió algo así como un Zeitgeist, un espíritu del tiempo que comparten parcelas científicas y artísticas? Hace tiempo que se ha argumentado que uno de esos momentos se dio con la teoría especial de la relatividad y el cubismo; al fin y al cabo ambos se basan en dar un papel central a los diferentes sistemas de referencias físicos y a los ángulos de visión que elige el pintor, en integrarlos en un mismo marco: el principio de relatividad einsteiniano y la idea de acoger en el lienzo bidimensional diferentes planos que brotan de una única realidad tridimensional. A favor de ese Zeitgeist compartido está el que Einstein presentó su teoría de la relatividad especial en 1905 y Picasso pintó Las señoritas de Aviñón en 1907. Arthur I. Miller, conocido historiador de la ciencia, explora esta conexión en Einstein y Picasso, una conexión que no se limita a ambos personajes, teniendo también en Henri Poincaré y en la geometría no euclídea otro de sus puntos de enganche. El tema es apasionante, al menos en la medida en que toca un problema particularmente importante, el de si existen momentos en la historia que dan lugar a manifestaciones de principios parecidos en dominios diferentes. Otra cosa es que Miller haya ido más allá de otros que en el pasado abordaron el mismo tema, que también se toca en El artista y el matemático de Amir Aczel, aunque en realidad ahí se hace de forma no demasiado articulada con el asunto central del texto. La conexión artístico-matemática de la que se ocupa Aczel es de otro tipo; de hecho, se puede cuestionar el uso del término "artístico", puesto que de lo que trata es de la influencia que el grupo de matemáticos que se agrupó en el siglo XX en torno al nombre de Nicolas Bourbaki ejerció en movimientos estructuralistas en lingüística, psicología, psiquiatría y economía. Al igual que otros libros de este autor, el presente es ameno, explotando con habilidad y no pequeñas dosis de oportunismo la singular historia (historias) del grupo Bourbaki, cuya influencia fue enorme.
Simetrías, ¿el alma de la belleza? Uno de mis héroes científicos es Hermann Weyl (1885-1955). Y lo es no porque fuese un matemático distinguido (que lo fue), sino porque también se movió con gracia y distinción por otros campos disciplinares; en especial por los de la física matemática y la filosofía. Pues bien, en 1952, Weyl publicó un libro titulado Symmetry (Simetría), en el que se pueden encontrar frases como: "La belleza está ligada con la simetría", un sentimiento este que muchos matemáticos y físicos teóricos compartirán. Belleza y verdad titula, por ejemplo, el matemático y divulgador científico Ian Stewart uno de sus libros, subtitulándolo significativamente Una historia de la simetría; una historia de cómo brotó y se formalizó dentro de la matemática la noción de simetría y de quiénes fueron sus principales protagonistas, matemáticos como Évariste Galois, el joven e impulsivo revolucionario francés que murió a la muy temprana edad de 19 años como consecuencia de las heridas que recibió en un duelo, William Rowan Hamilton, Sophus Lie o Felix Klein. Aunque Stewart realiza algunos comentarios relativos a las simetrías en el arte, no es éste su principal propósito. Muy diferente es el caso de Simetría. Un viaje por los patrones de la naturaleza, de otro matemático, Marcus du Sautoy. "La palabra 'simetría", leemos en esta obra, "evoca en la mente objetos que están bien equilibrados, con proporciones perfectas. Estos objetos materializan una sensación de belleza y de forma. La mente humana se siente constantemente inclinada hacia todo lo que encarne algún aspecto de la simetría. Nuestro cerebro está programado para percibir y buscar el orden y la estructura". Y para sustanciar tales afirmaciones, Du Sautoy construye una narración en la que matemáticas y arte se imbrican, a menudo con él mismo como protagonista: sus propias investigaciones matemáticas o una visita que realizó a la Alhambra de Granada buscando en los embaldosados los 17 tipos diferentes de simetrías posibles (los encontró).
"Simetría y verdad". "Simetría y belleza". ¿Quiere esto decir que las simetrías constituyen la esencia del arte? No lo creo, aunque muchas obras artísticas sí hayan respondido a semejante patrón. Lo que pienso es que las simetrías son, en algún sentido, "el alma de la belleza", su pilar más profundo y descarnado. En este sentido, son perfectamente compatibles -o mejor, la dan sentido- con la célebre frase de Adolf Loos: "El adorno es un crimen".

sábado 21 de noviembre de 2009

¿POR DONDE ANDA LA AXIOLOGIA DE NUESTRA SOCIEDAD?


La imprescindible ética del gobernante
La corrupción corroe los cimientos de la democracia. La partitocracia y su financiación, la profesionalización de la política y el transfuguismo son algunas de sus principales causas. Es necesario un rearme moral
JOSÉ MANUEL URQUIZA MORALES

La corrupción, en mayor o menor grado, ha existido siempre en el ámbito de la gestión de los asuntos públicos. En todos los tiempos, sistemas políticos, culturas y religiones. El fenómeno es global. Al parecer, las graves penas establecidas ya en el Código de Hammurabi contra los gobernantes corruptos no han devenido eficaces. Cicerón forjó su carrera política denunciando la corrupción de Verres. En la obra Breviario de los políticos, del cardenal Mazarino, se destaca el capítulo "dar y hacer regalos": relevantes ministros de la monarquía francesa de 1700 fueron grandes depredadores. El comercio mundial se desarrolló en el siglo XVII bajo la bandera de las comisiones ocultas. Hasta el Estado Vaticano se ha visto envuelto en algún asunto de corrupción (verbigracia, el cardenal Marzinkus y el Banco Ambrosiano).

La política puede ser la más noble de las tareas; pero es susceptible de ser el más vil de los oficios
El ciudadano es tolerante en exceso con el corrupto. No es consciente de que es él quien paga


La corrupción política, entendida como utilización espúrea, por parte del gobernante, de potestades públicas en beneficio propio o de terceros afines y en perjuicio del interés general, es un mal canceroso que vive en simbiosis con el sistema democrático, a pesar de ser teóricamente incompatible con el mismo, y que debe preocupar muy seriamente a todos los demócratas, ya que corroe los cimientos de la democracia, en tanto que elimina la obligada distinción entre bien público y bien privado, característica de cualquier régimen liberal y democrático; rompe la idea de igualdad política, económica, de derechos y de oportunidades, pervirtiendo el pacto social; traiciona el Estado de derecho; supone desprestigio de la política y correlativa desconfianza de la ciudadanía en el sistema, desigualdad en la pugna política, violación de la legalidad y atentado a las reglas del mercado.
En España, en los últimos años, numerosos sucesos han puesto de manifiesto que el fenómeno de la corrupción en la gobernabilidad del Estado (principalmente, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos), no es algo coyuntural, sino estructural, que prolifera peligrosamente en las instituciones públicas. Los casos denominados Gürtel, Pretoria, Palma Arena, Palau, Operación Poniente, Operación Malaya, etc., que recorren la geografía nacional, han revelado que muchas Corporaciones Públicas han estado sometidas al poder económico y se han convertido así, crecientemente, en verdaderas plataformas de negocios varios, y de tráfico de influencias; hasta el punto de que hoy se corre el riesgo, cierto, de que intereses de grupos de presión económicos cambien el sentido del sacrosanto concepto del interés general, para inhabilitarlo. Obviamente, no es posible una estadística real de la corrupción, que por definición es oculta; y, de otra parte, como es natural, no todos los mandatarios públicos son corruptos.
En una sociedad abierta y democrática como la española, todos, en mayor o menor medida, somos responsables de la ola de corrupción que nos asola. Los políticos que la practican, promoviéndola o aceptándola; los sobornadores (promotores empresariales), ora causantes, ora víctimas; los partidos políticos, carentes a estas alturas de autoridad moral para combatirla; el estamento judicial (jueces y fiscales), que en muchas ocasiones no ha dado la talla; las instituciones encargadas del control y fiscalización de la actividad administrativa, negligentes casi siempre en su tarea; los medios de comunicación, silenciando o minimizando, a veces, el fenómeno corrupto; la intelectualidad, poco comprometida en su erradicación; la ciudadanía en general, tolerante en exceso con el político corrupto, quizás porque aún no es consciente de que la corrupción la paga de su bolsillo.
Las causas que propician esta perversión pública son múltiples, a saber: la partitocracia, con sus taras e imperfecciones; la profesionalización de la política, entendida en su peor versión; el fenómeno del transfuguismo; o el deficiente sistema de financiación de las formaciones políticas. Otras, propias del municipalismo, son la crónica insuficiencia de sus recursos económicos; el raquítico régimen de incompatibilidades legales de alcaldes y concejales; la galopante empresarización de los ayuntamientos para huir del Derecho Administrativo; o el deficiente sistema legal de control interno de sus actos económico-financieros.
Pero, por encima de todas ellas, a mi modo de ver, la causa primera de todos los males en el sector público español es la falta de ética pública de muchos de nuestros gobernantes, llegados a la política no por vocación ni espíritu de servicio, ni siquiera por ideología (qué rancios suenan ya estos conceptos), sino por propio interés. En términos generales, ética es el sentido, la intuición o la conciencia de lo que está bien y lo que no, de lo que se ha de hacer y de lo que debe evitarse.
La ética pública ha de ser correlativa de la privada. Mal podrá defender la integridad y la moralidad en el plano público quien carece de ella. Por otra parte, la actuación de cualquiera que realiza una función pública en nuestro país debe estar presidida por la idea de servicio de los intereses generales, que es el principal valor político. El artículo 103 de la Constitución Española -"La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales"- constituye un mandato para autoridades y funcionarios. Los valores clásicos del gestor público (imparcialidad, neutralidad, honradez y probidad) se han de ver complementados hoy con los nuevos valores de eficacia y transparencia, propios de las Administraciones Públicas del siglo XXI.
La corrupción socava la integridad moral de una sociedad. Supone la quiebra general de los valores morales. La corrupción pública, en cuanto supone lucro indebido del agente y su disposición a mal utilizar las potestades públicas que tiene encomendadas, es una práctica inmoral, ante todo; una violación de los principios éticos, sean individuales o sociales.
Algunos analistas consideran que la ética pública ha perdido hoy relevancia social, dada su naturaleza subjetiva. La gran mayoría entiende, sin embargo, que la ética ha de ser el mejor antídoto contra el veneno de la corrupción, y preconiza la necesidad de un rearme ético, de un regreso a los valores antes enunciados. Por eso, se observa últimamente en el mundo una gran preocupación oficial por la ética pública (el reciente Informe Kelly, en Reino Unido, sobre los gastos de los diputados británicos; Recomendación del Consejo de la OCDE, de 1998; Convención Americana contra la Corrupción, de 1996).
La política, que puede ser la más noble de todas las tareas, es susceptible de convertirse en el más vil de los oficios; precisamente porque es una actividad humana y, como tal, defectuosa. Todo el mundo coincide en que la ejemplaridad y la honradez son virtudes que deben presidir la actuación de los políticos, en tanto que escaparate y guía de la ciudadanía.
Pues bien, es la falta generalizada de ética pública de nuestros gestores municipales, por ejemplo, la razón principal del despilfarro del gasto público en los ayuntamientos, del favoritismo en la selección del personal o en la contratación de obras y servicios, de la interesada arbitrariedad en la planificación urbanística, de la negligencia en la gestión del patrimonio municipal o de los frecuentes cambalaches en la composición de las mayorías de gobierno. Es a partir de la ausencia de moral, o de dignidad en el desempeño del cargo, cuando el alcalde (o el concejal delegado de turno, o el funcionario revestido de capacidad decisoria o meramente asesora), experimenta un total desprecio por el interés general de la ciudadanía y utiliza sus potestades en beneficio particular (propio, de sus allegados o de su partido), orillando los principios constitucionales de eficacia, objetividad, independencia e igualdad, y demás preceptos legales y reglamentarios.
Llegados a este punto, hemos de convenir que ni uno sólo de los gestores públicos que recientemente han sido imputados en nuestro país por prácticas presuntamente corruptas, se distingue precisamente por cumplir los postulados éticos que se han descrito, a tenor de los modos y maneras de su malhadada gestión pública, que hemos conocido con todo detalle por las oportunas crónicas mediáticas sobre causas judiciales en marcha. Se diría más bien que utilizan la política como medio de vida y, según se ha visto, como negocio (primun vivere, deinde filosofare). La falta de ética pública de esos políticos es, por tanto, el denominador común de la práctica presuntamente corrupta a que se refieren los escándalos de corrupción antes señalados.
José Manuel Urquiza Morales,
abogado, es autor de Corrupción municipal (Almuzara)

viernes 20 de noviembre de 2009

EL CÁNCER DE LA SOCIEDAD ESTA EN LAS INSTITUCIONES FINANCIERAS. Venden bondad y son usura


La mano visible controla la invisible
MARTÍN ORTEGA CARCELÉN


En octubre hemos sabido que los beneficios de bancos como Goldman Sachs y JP Morgan Chase se han disparado este año a pesar de la crisis, en parte gracias a la subida de las Bolsas. Al haber devuelto las ayudas recibidas del Gobierno de Estados Unidos, estos bancos volverán a repartir entre sus empleados grandes sumas. En 2008, en plena tormenta financiera Goldman Sachs distribuyó unos 4.800 millones de dólares en primas a sus dirigentes. Este año Goldman tiene reservados 16.000 millones para compensaciones similares. Según estimaciones del Wall Street Journal y The Economist, en 2009 los bancos de inversiones de Estados Unidos pueden repartir unos 120.000 millones de dólares entre sus gestores.

En un mundo globalizado es necesario que la política corrija los abusos del mercado
¿Por qué debe interesarnos lo que gana un banquero en Wall Street, en Londres o en cualquier otra plaza financiera? Por dos razones muy sencillas. En primer lugar, todo el sistema bancario se ha beneficiado del dinero público inyectado desde otoño de 2008 para evitar la implosión financiera. Las ganancias exageradas que hacen ahora se fundamentan en última instancia en el esfuerzo del contribuyente.
La segunda razón es que un esquema de retribuciones tan apetitoso fomenta prácticas que al final ponen en peligro al sistema financiero. En su informe de julio pasado sobre las causas de la crisis, titulado Cara yo gano, cruz tú pierdes, el fiscal de Nueva York subrayó que muchos de los banqueros que ganaron sumas enormes en la etapa de bonanza contribuyeron con sus prácticas arriesgadas a la debacle.
La magnitud de las cifras que se barajan exige una actuación de los Gobiernos. Algunos países están tomando medidas drásticas. Así, en Estados Unidos los gestores de las grandes empresas intervenidas (como AIG, Bank of America o General Motors) tienen limitados los sueldos. Pero los dirigentes de otras entidades financieras se resisten a aceptar tal restricción. Incluso, algunos apuntan a la posibilidad de trasladar sus actividades a lugares donde no llegue la mano reguladora.
En una economía globalizada, además de la regulación nacional, es precisa la concertación internacional para luchar contra actuaciones que perjudican la estabilidad financiera. En los Estados modernos, está demostrado que, junto a la mano invisible de la que habló Adam Smith como mecanismo natural por el que los mercados se ajustan, es necesaria una mano visible de naturaleza política que corrija los abusos. Ahora el reto es reforzar la mano visible en el plano internacional.
Mucho se ha avanzado con la creación del G-20 ampliado como nuevo marco institucional, y con la proclamación de principios y reglas para regular la economía y las finanzas globales. Pero queda mucho por hacer. Un pulso titánico entre las manos visible e invisible no ha hecho más que iniciarse en el orden global, y los ciudadanos debemos estar muy atentos al control de las finanzas internacionales.
El reforzamiento de la mano visible a escala mundial es un asunto que interesa a todos y debería ser objeto de debate y concienciación pública. No hay que pensar que estos temas son lejanos ni que pertenecen al mundo técnico e incomprensible de los iniciados. La regulación de los paraísos fiscales, de los sueldos de los gestores bancarios y financieros y de los hedge funds (fondos de cobertura) deberían ser reclamadas por los ciudadanos y por las fuerzas políticas y las autoridades monetarias. La introducción de una tasa sobre las transacciones financieras internacionales, reclamada por algunos, también debe ser explorada. Igualmente, habría que comprobar que la subida de las Bolsas en los últimos meses, sin relación con las expectativas de la economía real, no se ha realizado con la liquidez concedida por los bancos centrales, destinada a fomentar el crédito y no a favorecer la especulación.
En España se echa de menos un debate más serio sobre estas cuestiones. Nuestra participación en los foros internacionales, como miembros del G-20 ampliado, debería estar acompañada de un posicionamiento más claro, en el que todos, dentro y fuera, conociéramos cuál es la visión española del futuro de la economía y las finanzas globales. El Gobierno debería mostrarse menos absorbido por aspectos puntuales de la política exterior y pensar de manera ambiciosa, para elaborar propuestas de más calado sobre el orden global.
Más que una lucha entre izquierdas y derechas, ese pulso global de las manos visible e invisible es una pugna histórica entre un futuro en el que el orden internacional se basará en reglas más activas y un pasado donde todo estaba permitido, incluido el enriquecimiento inmoral de algunos. En ese pulso, España tiene mucho que aportar, pero ese ejercicio requiere una visión de futuro (qué mundo queremos) y una definición del papel que vamos a jugar ante los retos globales.
Martín Ortega Carcelén es profesor de Derecho Internacional
en la Universidad Complutense de Madrid.

miércoles 18 de noviembre de 2009

¿CONOCES LA SOCIOLOGÍA DE TU ENTORNO PROFESIONAL/EMPRESA?


La lección de Claude Lévi-Strauss
El filósofo y antropólogo francés revolucionó la historia de las ciencias sociales y sus modelos interpretativos. Sus análisis utilizan la geología, el psicoanálisis freudiano, el marxismo y el estructuralismo
FRANCISCO JARAUTA


El pasado 30 de octubre Claude Lévi-Strauss fallecía en París a la edad de 100 años. Filósofo y etnógrafo a un tiempo, es hoy un referente intelectual indispensable a la hora de pensar las relaciones entre el hombre y la sociedad, la naturaleza y la cultura, y el complejo sistema de elementos que se articulan en los diferentes modelos mitológicos que han ocupado una parte central de sus estudios. Mitos, costumbres, artes, lenguas, reglas de parentesco, religiones, instituciones, etcétera, todo le atraía al joven etnógrafo que decidirá dedicar su vida al estudio de las formas de la cultura.

En sus viajes etnográficos por la Amazonia elaboró las bases de la 'pensée sauvage'
Se propuso descifrar las estructuras que se hallan en la base de toda forma cultural
Tristes Tropiques, de 1955, recogerá lo que él mismo calificó como "la experiencia más importante" de su vida. Un viaje -"cuando ya era imposible viajar"- que le precipitará en un universo nuevo del que se sentirá pronto no sólo atraído sino incluso atrapado. Herramientas, objetos, formas de alimentación, música, danza, rituales mágicos... pasarán pronto a formar parte de una nueva constelación humana de la que se reconocerá como su cartógrafo.
El joven estudiante que atraviesa el Atlántico en 1935 camino de Brasil ha elegido ya sus afinidades intelectuales. La geología, porque nadie mejor que ella narra el tiempo de la tierra. Sigmund Freud, tal cual lo leía el joven Lévi-Strauss, que excava en las ruinas del paisaje psíquico cuyas leyes intenta establecer. Y Karl Marx, que lee a los 17 años, y que se le presenta como el constructor de modelos sociales, aptos para la comprensión de la historia. Geología, psicoanálisis, marxismo: "Los tres demuestran que comprender consiste en reducir un tipo de realidad a otra; que la realidad más verdadera no es siempre la más evidente o explícita".
Ahora tendrá ante sus ojos, a lo largo de los viajes etnográficos por las tribus indígenas del Mato Grosso y de la Amazonia entre 1935 y 1939, un mundo nuevo de formas culturales que recorrerá con particular ansiedad. Todo le resultaba fascinante entre los caduveos, bororos, nambikwaras y tupi-kawahibs, sobre los que construirá las bases de lo que más tarde llamará pensée sauvage, al tiempo que trazará ya la estructura de su pensamiento. "En la América indígena he amado el reflejo, aunque fuera fugitivo, de una época en la que la especie se adaptaba a las condiciones de su universo y en la que persistía una relación adecuada entre la libertad y sus signos". Ya entonces la secreta atracción por los ideales utópicos de su autor preferido, Rousseau.
Y tras el breve regreso a Francia de nuevo los años de Nueva York, de 1941 a 1944, "un periodo de excitación intelectual intensa". Ahí se encuentran los exiliados como André Bretón, Max Ernst, Tanguy, Masson... o los frankfurtianos de la New School for Social Research junto a los grandes nombres de la antropología americana como Alfred Kroeber, Franz Boas, Ralph Linton o Ruth Benedict. Y, finalmente, el encuentro decisivo con Roman Jakobson de quien reconocerá una deuda intelectual. "Yo hacía ya estructuralismo sin saberlo. Jakobson me ha revelado la existencia de un corpus de doctrina ya constituido", escribirá años más tarde recordando la estancia y encuentro neoyorquinos.
En efecto, el estructuralismo era, para él ante todo, una estrategia para escapar de la obsesión por la identidad. Contra el existencialismo de Sartre, Lévi-Strauss declara la guerra al "sujeto": "Este insoportable niño caprichoso que ha ocupado tanto tiempo la escena filosófica, impidiendo un trabajo serio al reclamar todas las atenciones". Más allá de las apariencias y formas sensibles, se organiza el trabajo de un desciframiento de aquellas estructuras que se hallan en la base de toda forma cultural. En el fondo, "je suis peut-être un kantien vulgaire", ironizaba en plena refriega intelectual.
Las Structures élémentaires de la parenté, que leerá en 1949 como trabajo de tesis, marcan un camino apasionado por establecer la lógica de las relaciones que rigen las formas de la cultura y sus determinaciones naturales. Desde un extraño regard éloigné penetraba su obra en los diferentes sistemas que Tristes Tropiques habían ya señalado. La lección inaugural en el Collège de France, sin duda uno de sus textos fundamentales, nos introducirá, no sin polémica, en el universo de órdenes y clasificaciones que orientan las formas mentales de los pueblos sin máquinas ni escritura.
La relación que se nos oculta -de la misma forma que lo hacen las máscaras en su afirmar y negar- es propiamente el objeto del inmenso trabajo de Mythologies, distribuido en cuatro volúmenes de 1964 a 1971: Le cru et le cuit, Du miel aux cendres, L'origine des manières de table, L'Homme nu, y que recogen 113 relatos de mitos que cifran, en su conjunto, la historia más variada jamás contada. En el juego del aparecer y desaparecer se va iluminando la lógica de procesos culturales irrepetibles que dan cuenta de la historia humana, tal como afirma en La voie des masques, de 1979.
En los sistemas mitológicos que Lévi-Strauss identifica en sus análisis opera una lógica que establece el orden de las estructuras y las formas de la vida y la cultura. Para ello es necesario recorrer el largo viaje que va de lo sensible a lo inteligible, siguiendo un camino de relaciones e inferencias, con clara intención constructiva que dará lugar a la configuración de un sentido que escapaba a las lecturas de la antropología clásica.
La mirada puede detenerse en un tatuaje o en el rostro de una joven caduveo o en el ritmo de una danza bororó. Lo que importa, dice Lévi-Strauss, es llegar a la comprensión de aquellos signos que esconden su verdad, como en el caso de la piel de la joven caduveo, teñida de azul, sobre la que se recortan entre geometría y arabescos los principios sociales de jerarquía y reciprocidad. Aparecen así nuevos niveles de significado que dan lugar a un relato que la antropología sostiene con su ejercicio iluminando desde los signos la verdadera historia humana.
Recorrer esta historia sólo es posible siguiendo la guía de una mirada que ha revolucionado la historia de las ciencias sociales y de sus modelos interpretativos. Me refiero a una larga polémica a lo largo de la cual los presupuestos historiográficos han sufrido un amplio y contrastado debate. Los contextos epistemológicos son hoy otros y una aproximación a las tesis de Lévi-Strauss, a sus métodos y a sus modelos de interpretación, tienen para nosotros una actualidad indiscutible. Más allá de los territorios tradicionales de los estudios antropológicos se abre desde su propia obra un nuevo espacio de curiosidades y problemas nuevos. Una mirada como la suya, atenta a identificar las relaciones que atraviesan igualmente la pintura, la música, la literatura y las artes en general. Con sutilidad proustiana volverá a mirar a Poussin, a escuchar a Rameau, a leer a Diderot como variaciones de un mismo ejercicio.
No es otro el propósito de Regarder, écouter, lire, de 1994, con el que cierra la selección de textos para el reciente volumen de la Pléiade. Ocasión que de nuevo pone en escena la intención que ha dirigido su propia experiencia intelectual. Una historia que va desde Tristes Tropiques a este último ejercicio de lectura e interpretación comparativas, de quien se ha definido como un "humaniste modeste", siendo, en verdad para nosotros, uno de nuestros maestros.
Francisco Jarauta es catedrático de Filosofía
de la Universidad de Murcia.