miércoles, 30 de mayo de 2012

¿SE ACABA EL TRABAJO A SUELDO FIJO?

Prepárese: en el futuro, todos autónomos

El ‘e-lancer’, trabajador independiente muy cualificado, modelo para próximas décadas

Los riesgos: fragmentación y aislamiento

¿Cuáles serán las profesiones más demandadas y más lucrativas en el futuro? ¿Qué trabajos nos ofrecerán más salidas dentro de dos décadas? Acuicultor, nanomédico, webgardeners, microemprendedores, policía medioambiental, narrowcastes, bioinformático… Hoy parecen palabras incomprensibles; mañana, las tendremos todo el día en los labios.
Vivimos tiempos veloces e imprevisibles, en los que los avances de la tecnología y los retrocesos de la historia lo transforman todo de forma continua y el presente ha cambiado tanto que el futuro tampoco es ya lo que era. ¿Cómo será la Tierra cuando Europa y Estados Unidos vivan a la sombra de Asia y los dólares o euros sean papel mojado frente al yen? ¿Qué sustituirá al petróleo y quiénes serán los jeques de las energías renovables? ¿Qué va a ocurrir cuando un avatar o un holograma nos represente y haga de nosotros en una reunión virtual celebrada por videoconferencia, o incluso en la oficina? ¿Qué consecuencias tendrán las migraciones masivas o el envejecimiento radical de la población? ¿Con qué armas nos enfrentaremos a la contaminación atmosférica?

Banquero de tiempo, acuicultor o bioinformático son algunos oficios
Aparte de a todo lo demás, esas dudas afectan también al mundo laboral, cuyo porvenir está lleno de preguntas para las que de momento no existen respuestas, sino solo apuestas: ¿cuáles serán las profesiones más importantes y más lucrativas dentro de una o dos décadas, cuando ya no sea tan lógico soñar con ser médico, abogado o ingeniero de telecomunicaciones?
Los analistas, que en este terreno son una mezcla de sociólogos y adivinos, pronostican que algunos oficios que hoy parecen simple ciencia-ficción, como los de fabricante de órganos humanos, acuicultor en plantaciones submarinas, banquero de tiempo, bioinformático, creador de identidades digitales o nanomédico, estarán el día de mañana entre los más codiciados y mejor pagados. Aunque todos ellos serán muy solitarios, porque lo que sí parece evidente es que para entonces la mayoría de los ciudadanos serán lo que ya se conoce como e-lancers, es decir, personas que ofrecerán sus servicios por libre y desde sus casas, conectados unos a otros y con sus clientes a través de Internet. En cualquier caso, parece obvio que ha llegado el momento de prepararse para lo desconocido.

El nanomédico
podrá ampliar
nuestra memoria
como la de un PC
Si uno se fija bien, sin embargo, los nombres exóticos de muchas de esas profesiones ocultan anhelos muy normales y, por encima de todos ellos, como es natural, el de la supervivencia, tanto biológica como económica, que por otra parte cada vez parecen más insolidariamente unidas: la buena salud es y será para los que pueden pagársela. Para demostrarlo, un estudio de la consultora Fast Future pronostica que entre las 20 profesiones que mejor se adaptarán a los avances científicos y tecnológicos que se avecinan de aquí al año 2030 están las de granjero farmacéutico —que se dedicará a cultivar plantas modificadas genéticamente para que tengan a la vez propiedades alimenticias y terapéuticas—, instructor para la tercera edad, geomicrobiólogo —cuyo fin será crear microorganismos que ayuden a eliminar la polución—, policía medioambiental —un agente de la ley que luchará contra los ladrones de nubes y controlará el lanzamiento de cohetes de yoduro de plata para provocar lluvias, algo que ya se hace en India y en China— y las ya mencionadas de nanomédico —una mezcla de doctor e informático que, entre otras cosas, nos podrá implantar microchips que aumenten nuestra memoria, igual que se hace con un ordenador— y fabricante de órganos, que será un reparador de la salud capaz de combinar cirugía plástica, mecánica robótica y clonación genética para remplazar las partes dañadas de nuestro cuerpo.
Pero todo cambio requiere personas dispuestas a organizarlo y por eso también estarán en primera línea los vendedores de talento, que buscarán a los profesionales mejor preparados y los colocarán en organizaciones de todo el planeta; o los gerentes del bienestar, encargados de la salud laboral en las empresas. En su libro Prepárate, el futuro del trabajo ya está aquí, recién publicado en España por Galaxia Gutenberg, Lynda Gratton da una serie de consejos sobre la dirección a seguir para tener un “futuro elaborado” en lugar de un “futuro por defecto”. En primer lugar, se trata de ver hacia dónde camina el mundo, cómo va a seguirle el paso a los nuevos gigantes que vienen de China, India y Brasil, y en qué medida nos van a afectar los cambios que se produzcan cuando la tecnología nos suplante, la globalización parta en dos la sociedad, los recursos energéticos se terminen y los cambios demográficos dejen sin sitio a parte de la población.

Grandes empresas
obtienen ya ventajas de
la descentralización
Otros problemas que ya sufrimos hoy, pero que se harán más grandes, son: la fragmentación, que dispersará cada vez más nuestras tareas, nos dejará sin tiempo y nos impedirá darle cohesión a nuestra vida; el aislamiento al que nos conducirá estar siempre conectados pero solo de forma virtual; la escasez de carburantes y la subida de sus precios, aunque en contrapartida se ahorrarán millones al trabajar desde casa y no tener que desplazarse; la exclusión de los pobres, que cada vez serán más y estarán a más distancia de las personas acomodadas, y la destrucción del ecosistema.
En ese último reto, cobrarán una enorme importancia los ingenieros de vehículos alternativos, que buscarán opciones ecosostenibles para el transporte, y los científicos especializados en la lucha contra el cambio climático. Podremos acogernos a la telepresencia en 3D para celebrar en una sola jornada laboral cuatro reuniones de negocios sucesivas en Tokio, Moscú, Río de Janeiro y Nueva Delhi; o comeremos frutas y verduras transgénicas, cultivadas por los agricultores verticales en las fachadas de los rascacielos o crecidas en los invernaderos espaciales que algunos arquitectos interplanetarios ya han diseñado para que sean construidos en la Luna y en Marte; pero nuestra lucha contra la enfermedad y la muerte será la misma.

Las redes concilian
la libertad con los beneficios
de una gran organización
Vamos a necesitar mucha determinación y un gran sentido de la libertad para defender nuestros derechos frente a ese futuro que parece muy selectivo, con muchas posibilidades para los técnicos y muy pocas para los obreros. Lynda Gratton, a través de lo que ella llama cocreación, y otros autores como el inventor del término e-lancer, Thomas W. Malone, en El futuro del trabajo, creen sin embargo que, si sabemos utilizar la tecnología para formar redes, alianzas de ocasión y corporaciones globales, “podríamos obtener los beneficios propios de las grandes organizaciones sin tener que renunciar a los de las más pequeñas, que son la libertad, la creatividad y la flexibilidad. Las grandes empresas se han dado cuenta de que la descentralización les beneficia. Intel, Microsoft o IBM se nutren de un complejo entramado de fabricantes de equipos, desarrolladores de programas informáticos y diferentes firmas de servicios que trabajan fuera de sus sedes comerciales. Y todas ellas han mejorado su rendimiento por ese sistema, y son más valoradas por los mercados”.
Consciente de que su apuesta dará lugar a una serie de interrogaciones inevitables sobre la desaparición de la justicia social y el intento de engañarnos llamándole independencia a la inseguridad, la profesora Gratton habla de los microemprendedores, que se benefician de la conectividad y forman ecosistemas de ideas con otros internautas, aunque no los relaciona con los famosos mini-jobs que tanto defienden consultoras como Hays, cuyo director general en España, Christopher Dottie, sostiene que la única salida posible de la crisis es “seguir el camino de Alemania, que con ese método mandó una poderosa señal a los mercados, la del descenso del paro, y así ha fortalecido su economía”. Malone redondea el argumento dando una solución estrambótica: “Las organizaciones descentralizadas le brindan a la gente mayor libertad y flexibilidad, pero ¿qué pasa con otras necesidades, como la seguridad financiera, la salud y la formación? Una vez que son independientes, ¿cómo puede tenerlas cubiertas? Muy fácil: volviendo a los gremios, que en la Edad Media servían para entrenar a los aprendices, buscarles una colocación, financiar sus estudios o hacerles un préstamo”. Uno no puede tomarse muy en serio ninguna propuesta que plantee reducir la capacidad adquisitiva de los ciudadanos e-lancers a aquello que puedan sacar eventualmente con sus minijobs o, directamente, regresar al siglo XV; pero el disparate deja muy claro que el nuevo reto al que nos enfrentamos es el de siempre: la desigualdad.

Algunos hablan de volver a los gremios para formar o dar financiación
En cualquier caso, parece evidente que el kilómetro cero del futuro está en la palabra tecnología y, por eso, según vaticinan el estudio sobre las profesiones del futuro encargado por el Gobierno británico a Fast Future y otros, hechos por la empresa Iberestudios o por las universidades de Oxford y Barcelona, se acercan buenos tiempos para los abogados virtuales y los controladores de datos-basura, que nos protegerán de los hackers mezclando el Derecho y la Ingeniería Informática; y para los desarrolladores de aplicaciones para teléfonos móviles, los webgardeners, que se encargan de actualizar los contenidos de la Red, y los ayudantes de networking, que serán mitad educadores sociales, mitad relaciones públicas con objeto de mejorar nuestra integración social en Internet; o, como consecuencia de todo eso, para los psicólogos a distancia, que tratarán las adicciones y síndromes que los internautas puedan contraer mientras navegan. También les irá bien a los telecomunicólogos, que serán quienes mantengan la interconexión masiva de computadoras en un mundo en el que prácticamente nadie carecerá de una; y, por supuesto, a los creadores de videojuegos. Todo lo cual vuelve a decirnos que en el fondo van a cambiar más las formas que los moldes: los intermediarios se llamarán gestores, y poco más.
Todo eso está cerca, pero aún no está aquí y, según otro estudio, llevado a cabo en esta ocasión por la firma Adecco Professional, los tres empleos más deseados hoy día en España siguen siendo, por este orden, los de comercial, administrador de grandes cuentas —los famosos key account managers— e ingeniero de telecomunicaciones. Nuestro país también necesita “ingenieros especializados en energías renovables, cuyos puestos de trabajo han aumentado un 235% en la última década; analistas financieros y médicos de familia, debido sobre todo al envejecimiento de la población, el más acusado del mundo, solo por detrás del de Japón”.

Los medios segmentarán
la información para
grupos específicos
Para terminar, diremos que hay malas perspectivas para los medios de comunicación, donde parece que la actividad con más futuro será la de narrowcaster, es decir, la de experto en segmentación informativa, un profesional que combinará el periodismo, la publicidad y las relaciones públicas para dar noticias a la carta, destinadas a grupos específicos de personas y adaptadas a sus intereses, teniendo en cuenta su nivel de vida, su religión, su estado civil, su lugar de residencia, etcétera. No parece que la palabra objetividad tenga sitio en ese proyecto con aires de plan de fuga.
El mundo cambia deprisa y el futuro, ese “espacio negro para muchos sueños, / espacio blanco para toda la nieve”, según lo describió el poeta Pablo Neruda, empieza a dejarse ver en el horizonte. Cuando estemos allí, tendremos todo el día en los labios esas palabras que ahora suenan tan extranjeras, acuicultor, nanomédico, webgardeners, microemprendedores, bioinformático… Y a los que puedan ser definidos con alguna de ellas parece que les va a ir muy bien. El futuro ya no es lo que era, como dijo Paul Valéry

lunes, 28 de mayo de 2012

A VECES HAY QUE ACEPTAR DETERMINADOS SACRIFICIOS PARA CONSERVAR OTROS BIENES DE SUPERIOR VALOR.


La pócima y la ambrosía

La idea weberiana de una ética de la responsabilidad suministra una retórica elegante a todo político que esté en la tesitura de tomar decisiones difíciles, indecorosas o simplemente impopulares

Aunque ningún gobernante perduraría mucho tiempo en el mando si le faltase toda capacidad de infundir confianza, de curar el desasosiego y de prevenir el infortunio, el arte de amedrentar pertenece a las habilidades indispensables que todo político ha de ejercer con destreza. La llamada educación cívica debería combatir su aroma cargante a perfumería con un programa riguroso encaminado a enseñar al joven que, aun en las temporadas más benignas, estará regido por gentes cuya supervivencia depende, en grandísima medida, del crédito que susciten sus amenazas. Cuando al discípulo se le haya instruido lo bastante sobre este asunto, podrá enseñársele, además, a desconfiar de la benevolencia y blandura del poderoso y a no convertirlas en tontiloco objeto de deseo: semejantes cualidades, en efecto, raramente sirven de provecho al súbdito porque a menudo no se usan para favorecer al débil, sino para ayudar a extenuarlo del todo. Un conocimiento lo más ácido posible de cómo se ejerce el poder quizá contribuyera a robustecer las virtudes ciudadanas y debería, en cualquier caso, formar parte de los niveles obligatorios de la enseñanza, aunque ningún gobernante de ningún signo consentirá nunca tal cosa y todos preferirán, por motivos muy elementales, seguir proporcionando formación en valores.
Cada cierto tiempo, pero sobre todo en momentos desagradables, surge en las discusiones públicas alguna versión simplificada de la distinción de Max Weber entre una “ética de la convicción” y una “ética de la responsabilidad”. Como cabe imaginar, estas nociones se expusieron en su versión original con más sutileza y detalle de lo que sugieren sus usos ordinarios, pero quizá no se traicione del todo a Weber diciendo que, en lo tocante a la política, se mueve por una ética de la convicción quien sigue inflexiblemente ciertos ideales en circunstancias que favorecen la tentación de sacrificarlos, mientras que se atiene a la ética de la responsabilidad quien, allí donde la ocasión parece exigir la desobediencia a los principios, deja sus convicciones en suspenso, pactando o creyendo haber pactado con el mismísimo diablo. La idea weberiana de una ética de la responsabilidad suministra una retórica elegante a todo político que esté en la tesitura de tomar decisiones difíciles, indecorosas o simplemente impopulares: no es esto, dirá, lo que yo habría querido hacer, pero la responsabilidad me ha forzado, y sería un frívolo o un fanático si me empeñase en anteponer mis convicciones. El médico puede decirme que no tiene más remedio que amputarme una pierna, y a nadie puede dejar esto muy tranquilo, pero lo cierto es que con frecuencia hay que aceptar determinados sacrificios para conservar otros bienes de superior valor: a veces es toda una utopía mantener íntegras las cuatro extremidades y, cuando tal cosa ocurre, más vale adaptarse a los hechos.
Sin embargo, un educador cívico que sustituyese la letanía de los valores por la defensa de los súbditos contra las malicias del poder trataría de enseñar, en relación con lo anterior, una verdad más bien ingrata. Porque algunos de los cirujanos que proponen la mencionada amputación resultan ser convencidos partidarios de la doctrina según la cual la mejor anatomía humana corresponde a cuerpos con una sola extremidad inferior, siendo la posesión de dos piernas un lujo innecesario y antieconómico, apto tan solo para tiempos de prodigalidad. Bien sabido es que las épocas de tribulación facilitan decisiones audaces que en otros momentos nadie se atrevería a tomar, y esto sucederá, sin duda, cuando la ruina o la estrechez parezcan hacer inevitable lo que antes se habría considerado un acto de barbarie: como lo mejor es enemigo de lo bueno y la política el arte del mal menor y de las soluciones imperfectas, los momentos de crisis serán una ocasión óptima para implantar de una vez la imperfección.
La falacia del caso radica, desde luego, en la hipocresía ventajista de quien, estando convencido de que el tener una sola pierna es mejor que tener dos –aunque quizá no para él, que por sus méritos debería gozar de varios pares- y anhelando fervientemente un mundo en el que no haber perdido ninguna extremidad fuese una rareza comparable a mantener tres cocineros y dos ayudas de cámara, compone, sin embargo, un gesto lo más apesadumbrado posible cuando anuncia la amputación femoral de los súbditos. Si mostrase a las claras su preferencia por una sociedad donde la salud, la universidad o las pensiones estuvieran privatizadas del todo, eso sonaría estridente y sectario, y sería expresión de una ética de la convicción sobremanera rígida: una inflexible teoría libresca sin la melancólica grandeza que acompaña a las defensas trágicas de la responsabilidad. Quien, con voz y semblante graves, se duele de lo amarga que es la pócima que obliga a beber a otros y de la triste necesidad que lleva a tener que tomarla es, con frecuencia, alguien para cuyo paladar esa misma bebida constituye el más dulce de los néctares, aunque de ninguna manera se atreverá a proponer su ingesta como cosa placentera.
El arte de amedrentar pertenece a las habilidades indispensables que todo político ha de ejercer con destreza
¿Se está insinuando acaso que quienes han cargado con la sobrehumana tarea de salvar in extremis al país, enganchándolo milagrosamente a la cornisa que lo libra del precipicio, creen en realidad que no hay mal que por bien no venga y celebran en secreto la ocasión de lograr lo que hasta ahora había sido inverosímil? Tan mezquina sospecha sería propia de súbditos muy revirados y desagradecidos, pero por fortuna los ciudadanos son igual de responsables que sus gobernantes y no se les pasa por la cabeza tamaño desatino. Como se sabe, las pócimas son repulsivas para todos por igual, y quizá más para quien asume la áspera misión de administrarlas. También es sabido que a nadie le agrada la quiebra del Estado de bienestar y que, si hay que corregir sus excesos, es justamente para asegurarle mejor futuro. ¿De verdad podría ocurrírsele a alguien insinuar lo contrario? Es cierto que, acostumbrados a no esperar del príncipe más que sonrisas y halagos, toleramos mal sus pócimas, pero las medicinas amargas son cosa pasajera, hasta que se recobre la salud y todo vuelva a su estado normal.
Aquí es, sin embargo, donde acaso ya no quepa mantener la ficción. Por razones fáciles de comprender, al súbdito atemorizado se le han quitado las ganas de imaginar cómo será el porvenir y lo único que acierta a sospechar es que después de la crisis vendrá más crisis todavía, hasta que el cuerpo se acostumbre a la estrechez y el tiempo haga olvidar que las cosas fueron alguna vez de otro modo. Sin duda ninguna, el político responsable no puede fomentar semejante impresión, aunque tampoco tiene alternativas que ofrecer y no parece capaz de combinar el amedrentamiento con la producción de ninguna clase de esperanza. Pero sería erróneo creer que esta incapacidad conduce al riesgo de una explosión social. Perseverar de por vida en estado de temor no es cosa fácil, y el miedo suele acabar por extinguirse cuando el peligro se ha consumado. En ese momento el súbdito hallará en la pócima (que seguirá constituyendo la base de su alimentación) un sabor quizá un tanto recio, pero familiar y no ingrato del todo, y esa será la ocasión para que los administradores del bebedizo declaren con franqueza que ellos lo consideraron siempre una exquisita ambrosía, y que se equivocaron quienes vivieron atemorizados sin motivo desconfiando de la marcha de los tiempos, la cual siempre es benigna y providente, aunque a veces disimule su verdadero rumbo. Que la historia acaba haciendo justicia y que la prosperidad inmerecida es un vicio de juventud por el que más tarde o más temprano hay que pagar un alto precio serán muy pronto lugares comunes que a nadie sorprenderán y a nadie amargarán la vida: ni el paladar se libra de tener que obedecer a la historia.
Antonio Valdecantos es catedrático de Filosofía de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro publicado es La clac y el apuntador (Abada).

domingo, 27 de mayo de 2012

¿LA DIVINIDAD TIENE "trapos sucios"?


Lo que ocultaba el cuervo del Papa

La Gendarmería vaticana encuentra cajas de documentos secretos en poder del mayordomo

Lo despertaba a las 6.30, le ayudaba en la misa a las 07.00, le servía el desayuno a las 08.00, el almuerzo a las 13.30 y la cena a las 19.30. Lo acompañaba al caer la tarde en su paseo por el jardín, elegía la menta perfumada para la infusión, le daba las medicinas justas y, en torno a las nueve de la noche, le ayudaba a desvestirse para ir a la cama. La Gendarmería vaticana trata de averiguar ahora en qué momento del día Paolo Gabriele, de 46 años, casado y con tres hijos, le robaba las cartas al Papa.
El mayordomo de Benedicto XVI fue detenido el jueves por la tarde acusado de ser “el cuervo” o traidor que en los últimos meses ha venido sustrayendo y difundiendo en los medios de comunicación italianos las cartas secretas dirigidas al Pontífice, una filtración masiva de documentos conocida como Vaticanleaks. Paolo Gabriele, que trabajaba como ayudante de cámara del Papa desde el año 2006, se enfrenta, por tanto, al cargo de “robo de la correspondencia de un jefe de Estado”, un delito equivalente al de “atentado contra la seguridad del Estado”, penado hasta con 30 años de cárcel. Gabriele, que posee la doble ciudadanía italiana y vaticana, permanece bajo la vigilancia de agentes de la Guardia Suiza, aún no ha admitido ninguna culpa y afronta los interrogatorios en silencio.
La conmoción es total en el Vaticano. Paolo Gabriele es una de las nueve personas laicas que compartían la vida diaria del Papa en su apartamento, la llamada “familia pontificia”. Se trata de un hombre de buena presencia, muy reservado, extremadamente religioso y devoto de la santa polaca Faustina Kowalska. Hasta su detención, vivía con su familia en un confortable apartamento dentro de las 40 hectáreas que conforman el Estado Vaticano. Fue allí donde, según los medios italianos, Domenico Giani, el comandante en jefe de la Gendarmería, habría encontrado numerosas fotocopias de la correspondencia privada del Papa: “Cajas repletas de documentos y el aparataje necesario para fotografiar y reproducir documentos”.
Ni su confesor cree que haya sido capaz de urdir en solitario una conspiración de tal magnitud
Pese a que las pruebas halladas en “el nido del cuervo” parecen definitivas, ni su confesor cree que Paolo Gabriele, conocido por sus amigos como Paoletto, haya sido capaz de urdir en solitario una conspiración de tal magnitud. Hay tres versiones. La primera sostiene que la filtración de documentos solo buscaba un interés económico, aunque el mayor beneficiado, el periodista Gianluigi Nuzzi, asegura –sin señalar a nadie-- que nunca pagó a su “garganta profunda”. La segunda versión considera que, si Gabriele lo hizo, fue por un deseo altruista de ayudar a la Iglesia sacando a la luz casos de corrupción. Pero el mayor consenso gira en torno a la tercera opción: el mayordomo solo sería un chivo expiatorio, un instrumento en manos de alguna de las facciones de la Curia vaticana que tratan de desacreditar al actual secretario de Estado, monseñor Tarcisio Bertone, y de paso posicionarse ante la sucesión de Benedicto XVI. De ahí que no se descarten nuevas detenciones.
La palabra mayordomo no refleja del todo el papel de Paolo Gabriele en la vida de Joseph Ratzinger. Cuando le llamó a su lado hace seis años, o cuando decidió que las laicas consagradas Loredana, Carmela, Cristina y Rossella compartieran con él, cada día, su mesa y su misa, estaba eligiendo también a su familia. A los que tendrían por misión acompañar la soledad de un hombre anciano que además es jefe de Estado y, para millones de personas, el representante de Dios en la Tierra. Paolo Gabriele era el primero y el último en verlo cada día. Su traición, según el Vaticano, ha dejado al Papa “golpeado y triste”.

viernes, 25 de mayo de 2012

¿SERÁ LA HUMANIDAD UN UNIVERSO COMÚN AUTONÓMICO?


Lo que necesita nuestro Estado Autonómico

Las dificultades económicas del presente con sus fallos y deficiencias no pueden poner en cuestión el logro del sistema autonómico, que ha protagonizado las importantes prestaciones del Estado Social y ha disminuido las distancias de la desigualdad entre los territorios españoles


En la discusión actual sobre la crisis del Estado Autonómico , en la que todo el mundo se apresura a intervenir, sin duda hay más voces que argumentos y acecha como nunca el peligro del arbitrismo, entre la ocurrencia y el disparate.
Si se quiere proceder a un intercambio razonable de ideas lo primero sería excluir sencillamente las propuestas descabelladas. Me refiero a la propuesta de la rectificación del Estado, a su recentralización, en las diferentes variantes en que ello se ha planteado. Es necesario recordar que entre nosotros libertad significa descentralización y que en España la profundización de la democracia siempre ha conllevado el autogobierno territorial. Normalmente se citan al respecto las dos experiencias republicanas. Pero José Miguel Azaola señaló agudamente que durante la segunda época de la Restauración solo el golpe primorriverista impidió que Cataluña tuviese entonces también su autonomía, como perfeccionamiento de la Mancomunidad, “que hubiese inducido por dicho camino al resto de los territorios españoles”.
La recentralización tampoco tendría sentido como corrección de la generalización del Estado Autonómico, que Gumersindo Trujillo consideraba “irreversible”. La satisfacción política de los nacionalismos, si esto no constituyese un oximorón o la cuadratura del círculo, no puede justificar una diferencia institucional a favor de las llamadas nacionalidades históricas, que los demás componentes territoriales del Estado entenderían como un privilegio. La descentralización, desde los tiempos de Ortega, enfrentado con razón en esto a Azaña, no se justifica en términos identitarios, sino, también, o mejor más bien, en argumentos funcionales o de profundización de la democracia. Solé Tura apuntaba a lo impracticable del modelo dualista de la Segunda República. No hay más que ver, decía , “las tensiones que surgen cuando los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos, exigen, como han exigido en todo momento, una cierta vuelta a este sistema a través de su condena constante a la fórmula despectiva del café para todos”. A mi juicio es tan clara la dimensión democrática de la descentralización, que una reforma profunda que la afectase seriamente, debería considerarse inconstitucional. Incluso sería discutible, por su alcance a la médula democrática del sistema, una rectificación en el máximo plano normativo.
Conviene advertir con todo que la generalización de la autonomía, que consideramos irrenunciable, no implica necesariamente la homogeneización absoluta entre las Comunidades Autónomas, ni en el plano competencial ni en el institucional. En efecto, la generalización de la autonomía tiene una correspondencia en estos dos niveles que merece alguna atención. ¿Tienen que tener todas las Comunidades Autónomas la misma autonomía o en la misma forma?. No necesariamente, pero a condición de que, aun con diferencias, estemos hablando de lo mismo, esto es, de la autonomía y no de una simple descentralización. Por lo que hace, en primer lugar, a la problemática de la igualdad competencial conviene apuntar dos observaciones. Primero que hubo un tiempo, inmediatamente después de la Constitución, en que las Comunidades Autónomas diferían, según fuesen las de la vía rápida o del artículo151CE, o la vía lenta, o del art. 143 CE. Estas, las de la vía lenta o de régimen ordinario, hubieron de dejar transcurrir los cinco años prescritos en la Constitución, a través del procedimiento de la transferencia del artículo 150.2 CE y después con la modificación estatutaria para asumir todas las competencias posibles. ¿Tendría sentido un retroceso competencial que devolviese al Estado autonómico a la situación del comienzo de su andadura? Parece dudoso. Las dificultades económicas del presente con sus fallos y deficiencias no pueden poner en cuestión el logro del sistema autonómico, que ha protagonizado las importantes prestaciones del Estado Social y ha disminuido las distancias de la desigualdad entre los territorios españoles. En segundo lugar, la devolución competencial sólo podría tener lugar mediante previa reforma de los Estatutos de Autonomía, que son las normas que dentro de las posibilidades constitucionales atribuyen las competencias a la Comunidades. Como puede comprenderse y ha señalado con lógica impecable el Tribunal Constitucional, las competencias son indisponibles y el ejercicio de las mismas es irrenunciable. Sería inconstitucional, por tanto, el desistimiento por parte de los poderes de la Comunidad Autónoma a las competencias asumidas estatutariamente.
Lo que necesita el sistema autonómico es la puesta en valor de los instrumentos jurídico constitucionales que el Estado tiene para garantizar la dirección de la política económica española
Muy ligado al plano competencial está el del nivel institucional, en el que precisamente se actúan las facultades y poderes de las Comunidades Autónomas. En este plano cabe pensar perfectamente en un despliegue institucional diferente, de modo que las previsiones estatutarias al respecto se entenderían con un sentido habilitador más que obligatorio. Así por ejemplo no tendrían por qué generalizarse las instituciones de tipo consultivo, o miniconsejos de Estado , o establecerse determinados organismos públicos o empresas de este carácter, aunque su provisión estuviera contemplada en los Estatutos.Tampoco exige la homogeneidad autonómica que las Comunidades Autónomas tengan el mismo número de parlamentarios en sus Asambleas legislativas o de consejeros de gobierno. Así cabrían diferencias en la duración de los periodos de sesiones, y en lo que se refiere a las retribuciones de los cargos públicos, puede optarse entre el sistema de dietas y el de sueldo fijo.
¿Cuál es con todo el principal defecto del Estado Autonómico en su devenir actual, que da razón de las demandas, algunas bien desorientadas, de su reconsideración?. Sin duda su tendencia centrífuga, esto es, la incapacidad que se atribuye al sistema territorial español de embridar las tensiones territoriales, y recuperar el momento de la unidad, que toda forma política, no importa su descentralización, ha de asegurar. El riesgo de nuestro sistema puede parecer que es el centralismo, en realidad lo es también, si no más, la dispersión, el señuelo del confederalismo.
Necesitaríamos una lectura federal del Estado autonómico que acreditase los títulos de la organización territorial española para asegurar verdaderamente la unidad política del Estado
Lo que necesita nuestro Estado, a mi juicio, es una lectura que comprenda la verdadera naturaleza de su descentralización. En 1963 un ilustre profesor alemán publicó un libro sobre su sistema territorial que tituló el Estado Unitario Federal y donde analizaba los instrumentos del Estado alemán por asegurar la unidad y eficiencia del modelo. Necesitaríamos nosotros también una lectura federal del Estado autonómico que acreditase los títulos de la organización territorial española para asegurar verdaderamente la unidad política del Estado.
Me atrevería a sugerir que la garantía de la unidad sobre todo económica de España, sin la que carecemos de credibilidad en la escena mundial y europea, depende de dos factores. Primero, de la aceptación del principio de la lealtad autonómica, que en su vertiente estatal debe estimular la cooperación con las Comunidades Autónomas y apostar por la mejora de la articulación con ellas , pero que tiene asimismo una vertiente territorial de manera que las Comunidades Autónomas no pueden negar al Estado la obligación que este asume con la Unión Europea. Sería absurdo que las Comunidades Autónomas debilitasen, en lugar de reforzar, la firmeza de la posición global de España en el tablero europeo. Pero en segundo lugar lo que necesita el sistema autonómico es la puesta en valor de los instrumentos jurídico constitucionales que el Estado tiene para garantizar la dirección de la política económica española. Estos instrumentos se reconocen en la Constitución como competencias en los ámbitos de mayor relieve, fundamentalmente en la ordenación y dirección general de la actividad económica en manos del poder central a quien corresponde la toma de las decisiones básicas. Las bases que la Constitución atribuye al Estado como medio de intervención fundamental, no consisten necesariamente, como taxativamente recordó la Sentencia del Estatuto Catalán, en el establecimiento de principios de ordenación de la materia respectiva, sino también en decisiones normativas, legales, reglamentarias o, incluso, concretas.
La conclusión que se extrae de todo lo anterior es la de que lo que nuestro Estado Autonómico requiere no es una rectificación, lo decía muy bien el profesor Santos Juliá, “para poner en su lugar no se sabe qué”, sino una recuperación de sus posibilidades, utilizando los mecanismos federales reforzadores de la unidad política del Estado.
Juan José Solozábal es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Madrid.

jueves, 24 de mayo de 2012

IN MEMORIAM


Los 2.600 hijos de Giovanni Falcone

Chavales de toda Italia homenajean en Palermo al juez en el 20º aniversario de su asesinato

Son 2.600 y han llegado al puerto de Palermo (Sicilia) a bordo de dos barcos. Unos partieron desde Civitavecchia —a 80 kilómetros de Roma— y otros desde Nápoles. Tenían dos citas. Una muy importante, nada más y nada menos que con el jefe del Gobierno de Italia, Mario Monti. La otra, todavía más, con la memoria. Hace hoy 20 años, la Mafia asesinó al juez Giovanni Falcone, a su esposa, la también magistrada Francesca Morvillo, y a tres de sus escoltas haciendo estallar los 150 de kilos de explosivos que habían colocado bajo la autopista entre el aeropuerto y Palermo.
La Cosa Nostra logró eliminar a su máximo rival, pero la potencia de aquella explosión —que quedó registrada en los sismógrafos como si se tratara de un terremoto— quebró también para siempre un silencio reverencial. Con globos rojos, blancos y verdes de la bandera italiana, ante las fotografías en blanco y negro del juez y sus compañeros de infortunio, los muchachos acudieron a la cita con Mario Monti bajo una pancarta que avisaba: “La Mafia mata, el silencio también”.
El jefe del Gobierno, delante de los alumnos de 250 colegios de todo el país, fue muy claro. Dijo que en Italia siguen existiendo tres grandes grupos mafiosos —la Cosa Nostra siciliana, la Camorra napolitana y la N’drangheta en Calabria— y que, a pesar de su denominación de origen, extienden sus ramificaciones por todo el país y aun por el extranjero: “Sabemos que las mafias de hoy son muy distintas a las que Falcone había empezado a combatir. Han recibido y reciben golpes muy fuertes, pero han sido capaces de reinventarse. Han multiplicado su presencia”. No obstante, Mario Monti añadió que, si algo se sabe hoy gracias al juez asesinado, es que la Mafia puede combatirse. “De Falcone, su mujer y sus escoltas, de su sacrificio”, aseguró el jefe del Gobierno, “tenemos que aprender que hay que luchar sin cuartel, cada día, contra todas las mafias. Cada uno de nosotros está llamado a ese compromiso”.

El juez Falcone y sus guardaespaldas en Marsella, en 1986. / GERARD FOUET (AFP)
El primer ministro tampoco pasó por alto que, a pesar de las dos décadas transcurridas, aún sigue habiendo puntos oscuros: “No hay que cansarse nunca de buscar toda la verdad sobre las muertes de Falcone y de Borsellino [el también juez, amigo y colaborador de Falcone, asesinado un mes y medio después]. No existen razones de Estado que puedan justificar retrasos en la búsqueda de la verdad”.
A las 17 horas y 58 minutos de tal día como hoy de hace 20 años, Falcone fue asesinado. A esa misma hora, los 2.600 chavales llegados de toda Italia y otros muchos estudiantes sicilianos renovarán en el lugar de los hechos su compromiso con la memoria. Recibirán el encargo de contarle a sus hijos que el juez Falcone, además de sentar en el banquillo a 400 mafiosos, de dictar condenas contra ellos que suman más de 2.500 años, hizo algo más importante. Marcó un camino. Levantó la voz. Pasó un testigo. Sobre las camisetas blancas de los muchachos que jugaron bajo la lluvia de Palermo, unas palabras de Falcone: “Los hombres pasan, las ideas se quedan. Quedan sus afanes morales que seguirán caminando sobre las piernas de otros hombres”.

martes, 22 de mayo de 2012

¿ARGENTINA, CUESTA ABAJO?


Argentina, cuesta abajo

La historia de incumplimientos de sus compromisos internacionales es interminable. Se trata del país con más causas activas por denuncias presentadas por empresas e inversores de toda condición

Tras décadas de olvido por parte de la doctrina neoclásica, el análisis económico contemporáneo ha recuperado con cierto entusiasmo que “las instituciones importan”. A partir de los trabajos seminales de Ronald Coase y los posteriores de Douglas North se ha llegado a la conclusión de que las instituciones son las reglas del juego que rigen el comportamiento de las personas y las empresas, proporcionando la estructura de incentivos y el conjunto de reglas que favorecen la reducción del oportunismo en los intercambios, que extienden la mutua confianza entre los agentes y, con ello, la viabilidad a largo plazo de la ejecución de los contratos y el ahorro de costes de transacción.
En el avance de los países hacia la eficiencia institucional desempeña un papel central la noción de compromiso. Es por eso que allá donde exista un mal diseño, o un mal uso, de las instituciones políticas, el valor de los compromisos alcanzados por los agentes será reducido, las políticas serán de baja calidad e, inevitablemente, tendrán un sesgo hacia el corto plazo. Todo lo cual tendrá efectos negativos sobre la evolución del país de que se trate, mermando sus posibilidades de crecimiento sostenido en el tiempo. En definitiva, las instituciones se entienden como procedimientos para estabilizar expectativas y convertir así el tiempo histórico en tiempo lógico.
Los determinantes institucionales del desarrollo económico argentino han sido analizados por organismos multilaterales y por varios expertos de ese país. Entre los primeros, el Informe 2006 del Banco Interamericano de Desarrollo sobre el progreso económico y social en América Latina, avalado también por la Universidad de Harvard, clasifica a las naciones latinoamericanas en tres categorías (“alta”, “media” y “baja”) según la calidad de sus políticas públicas. Pues bien, el Informe considera que las correspondientes a la República Argentina presentan una “baja” calidad en materia de “estabilidad”, “aplicación efectiva”, “coherencia” y “eficiencia”, otorgando también la calificación “baja” al índice global de las políticas. En este mismo ranking se reconoce una puntuación “alta” en el índice global a Brasil, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, México y Uruguay, reservándose para Chile la categoría de “muy alta”. En el mismo Informe se recoge también que Argentina presenta un nivel “alto” de corrupción en materia de inversión empresarial, frente al “bajo” nivel de Chile o el “medio” de Brasil, Colombia y México. Y, como conclusión, afirma que “ciertas características clave de las políticas públicas, como su estabilidad y su calidad, son tan importantes como el contenido específico de las mismas para el desarrollo económico”. Algo que advierte también la CEPAL (ONU) cuando, refiriéndose a Argentina, señala que “una economía en donde las condiciones futuras son muy inciertas y donde, al mismo tiempo, se desconfía mucho de la discrecionalidad del Gobierno, tendrá dificultades para establecer un marco apropiado de políticas”.
Entre los temas pendientes en el Club de París está la deuda que mantiene con España
Unos años antes, los profesores Pablo Spiller y Mariano Tommasi realizaron una serie de recomendaciones para dar mayor coherencia y estabilidad a las políticas públicas de Argentina, tras llegar a la conclusión de que las características institucionales y la inestabilidad política habían conducido a un Congreso “no profesional y cortoplacista”, a una Administración Pública ineficiente y a una Justicia poco independiente e “incapaz de ejercer un contrapeso suficiente de los demás poderes”. Estos mismos autores documentaron en 2007 la volatilidad en varias políticas de gran relevancia (fiscal, comercial, regulatoria, social), una circunstancia que conduce a resultados económicos y sociales muy inferiores a los deseables.
La historia de incumplimientos de sus compromisos internacionales es, en el caso de Argentina, interminable. No en vano se trata del país con más causas activas en el CIADI por denuncias presentadas por empresas e inversores de toda condición. Y otro tanto cabría decir de las deudas millonarias con el Club de París, asociación de 19 países que negocia el pago de deudas bilaterales entre Estados y que fue creada a mediados del siglo XX para resolver, precisamente, otra suspensión de pagos, otro default, de Argentina. Entre los temas pendientes en el Club de París está la deuda que el país austral mantiene con España.
Por otro lado, si algo distinguió al Gobierno argentino tras la suspensión de pagos que antecedió al famoso corralito, la más abultada y prolongada de la historia económica contemporánea, fue acompañar los impagos (más de 900.000 millones de dólares) con insultos a los acreedores privados de todo el mundo, a quienes el presidente Kirchner calificó en numerosas ocasiones de timberos, ahorristas buitres y jugadores de casino. Todo ello después de intentar una quita-trágala de más del 75% de la deuda. Pero quizás lo más irritante fue que un Gobierno especialista en tirar por la calle del medio, en incumplir los compromisos firmados y pisar los derechos de propiedad pudiera atreverse a pedir explicaciones y a reclamar la “comprensión y cooperación” de los inversores extranjeros, al tiempo que destruía los últimos restos de su confianza. Y mientras esto sucedía, los capitales autóctonos huyeron en estampida a las primeras de cambio, esperando al abrigo de cualquier contratiempo unas circunstancias favorables para el regreso oportunista, en una más de sus demostraciones patrióticas preferidas. Ahora puede estar repitiéndose el proceso.
Durante el mandato de Néstor Kichner, un presidente caudillista próximo al chavismo que jamás reunió a su Consejo de Ministros, Argentina aumentó hasta límites insufribles la inseguridad jurídica de las empresas oferentes de servicios públicos utilizando diversas fórmulas, como congelaciones irracionales de tarifas o el establecimiento de impuestos abusivos a la exportación. Por su parte, grupos de piqueteros oficialistas, parados que recibían subsidios del Gobierno y obedecían directa y ciegamente a los Kichner (por ejemplo, para bloquear durante meses el puente que une Argentina con Uruguay), se desplegaron por supermercados y gasolineras para impedir manu militari el aumento de precios. Una original política de lucha contra la inflación, complementada con el hostigamiento a la prensa independiente y con la persistente manipulación del Índice de Precios elaborado por el Indec, Instituto de Estadística. Manipulación que se ha vuelto ahora a retomar.
Los Kichner iniciaron la “reargentinización” de empresas de inversores extranjeros
En paralelo, los Kichner iniciaron la “reargentinización” de antiguas empresas públicas y privadas propiedad de inversores extranjeros, sobre la base de presiones sin cuento, para que sus dueños dieran entrada en el accionariado, más o menos por la cara, a empresarios argentinos próximos a la Casa Rosada. Posteriormente se procedió a expropiar Aerolíneas Argentinas y a nacionalizar los fondos privados de pensiones, hecho que movió a declarar al alcalde de Buenos Aires, Mauricio Macri, que los Kichner habían convertido el Estado en “un estafador en serie”. Más comedidos, los medios de Wall Street calificaron la decisión de “gran vergüenza” y “error de proporciones monumentales”. De este modo, el Gobierno argentino provocó el éxodo de empresas multinacionales (Shell y Suez, entre otras) y que la inversión directa internacional prefiriera recalar en países como Chile, México o Brasil. Un informe de CEPAL señaló en 2008 que la República de El Salvador superó a la Argentina en el saldo neto de inversiones extranjeras en el bienio anterior.
Pues bien, el remate final de este proceso le ha puesto la presidenta Fernández con la expropiación del 51% de las acciones de YPF propiedad de Repsol, incumpliendo las normas del Derecho Internacional y el Acuerdo para la protección recíproca de inversiones entre España y Argentina, de 3 de octubre de 1991. Una decisión duramente criticada por todos los países serios del mundo y que incrementará más, si cabe, el aislamiento internacional (EEUU expulsó recientemente a Argentina de su Sistema de Preferencias Generalizadas) de un país cuyo Gobierno se mueve cada vez más en el nacional-populismo, jaleado por grupos dogmáticos de creación propia, mientras tiene a casi medio país sometido al clientelismo político y por debajo del umbral de pobreza. Algunos analistas argentinos consideran que este despropósito no se hubiese realizado sin negociación previa con Repsol de haber vivido Néstor Kichner, de quien se decía que solía “recurrir a los actos para enmendar sus palabras”, muchas veces lapidarias y destinadas al consumo del populismo interno. Es imposible de saber. Lo único cierto es que su esposa continúa conduciendo no ya sin rumbo sino cuesta abajo a un país que, como dice el tango de este título, está hastiado de “arrastrar por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.
Roberto Velasco es catedrático de Economía Aplicada. Universidad del País Vasco.

lunes, 21 de mayo de 2012

¡¡¡ÉPOCAS DE LA CULTURA!!!


Vicens Vives, el navegante

Una biografía traza la agitada vida política del historiador: “socialcatalanismo”, pro-Eje, Opus Dei y resistente teórico

En 1931, un osado, joven y un punto ambicioso historiador salta a la palestra con unos artículos y se posiciona en lo que define como “socialcatalanismo”, entre Esquerra Republicana y la Unió Socialista de Catalunya. Ocho años después, el 15 de julio de 1939 publica en Destino ‘Teoría del espacio vital’, justificación de la anexión alemana de Danzing, alineación con los países del Eje que también respirarán sus textos de geopolítica de entre octubre de 1939 y septiembre de 1940 en el mismo semanario, ahora bajo el seudónimo de Lorenzo Guillén. A partir de 1943, asumirá las tesis tradicionalistas y reaccionarias del sector opusdeísta de Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid, alejadas de las catalanistas con las que, ya a fines de la década de 1950, obnubilará a Josep Tarradellas… Sí, por todas esas aguas ideológicas navegó el historiador Jaume Vicens Vives, cuyas vidas políticas repasan de forma documentada (archivos particulares, 14 entrevistas…) Cristina Gatell y Glòria Soler en Amb el corrent de proa (Quaderns Crema).
“No se le puede acusar de chaquetero ni de hacer posibilismo; él navega buscando un rendimiento de cada momento político; siempre fue liberal, de pensamiento social y catalán más que catalanista”, resumen las autoras.
En su lecho de muerte, 50 años recién cumplidos, Vicens Vives escribe a su colega Santiago Sobrequés hablando de su profesión pero, en realidad, de su vida: “Ha sido una lástima que siempre tuviera la corriente de proa”. Pero “echado para adelante”, su primera aparición será sonada: contra Antoni Rovira i Virgili y Ferran Soldevila, a quienes acusa de historiadores románticos. Esa falta de sensibilidad catalanista de la que se le acusará será “una piedra que arrastrará toda su vida Vicens Vives”, como la de casarse en el rectorado de la Universidad de Barcelona, que constará en su expediente de depuración académica en 1939.
Los artículos pro-Eje en Destino eran una manera de hacer méritos ante las nuevas autoridades. Le sirvió de poco: le cayeron dos años de inhabilitación y en 1942 fue destinado, como profe de instituto, a Baeza. Ello iría acompañado de diversas pérdidas de oposiciones a catedrático desde 1940.
Tenaz y taimado, se percató de que sin padrinos nunca alcanzaría la cátedra. Los halló arrimándose a la facción del Opus de Pérez Embid y Calvo Serer, a través del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la revista Arbor. Un tradicionalismo que ahora se sabe que criticó en España contemporánea (1814-1953), libre de censura por ser un encargo italiano. “Fue del Opus coyunturalmente, nunca entró en ella”, recalcan las autoras. La operación benefició a todos: los de Arbor vieron que Vicens Vives era, por Destino, un adalid frente a la pugna que mantenían con otra familia del régimen más abierta encarnada por Dionisio Ridruejo. Por otro lado, Vicens Vives se convertiría en un conseguidor frente a la censura franquista. Su amistad con Pérez Embid permitió desatascar muchos títulos de, entre otros, Josep Pla. “Me ha hecho un gran favor, sobre todo un favor moral, no tengo palabras para daros las gracias. Disponga de mí”, le escribirá Pla en 1954. El historiador le tomó la palabra, sabedor de que el autor “conoce bien el paño de la política” y le evitará “caer en trampas infantiles”; se convertirá en su mejor asesor cuando empiecen sus inquietudes sociopolíticas.
Estas llegaron cuando en 1948 Vicens Vives gana la cátedra de Barcelona, la plataforma soñada. Arranca un plan triple: hacer de puente entre Madrid y Barcelona; en Cataluña, crear una vanguardia política, y engarzar a gente del exilio (Trueta, Ferrater Mora, entre otros) con el interior.
Es el viraje de quien pasa de hacer consideraciones de historiador a estratega político. Y así irá de los primeros contactos con la Cataluña resistente (el grupo Miramar; Jordi Pujol, si bien “será una influencia más post mórtem”, acotan las biógrafas) a crear un manifiesto, insólito en 1956, con voluntad de futuro grupo político: la Aliança pel Redreç de Catalunya, que tendrá nuevo intento en el Moviment Català de Coordinació Social (1958), que involucrará al abad Escarré de Montserrat. En ambos casos, el fin es remover las conciencias de la burguesía (Valls i Taberner, entre otros) para que encabecen la vanguardia que agite Cataluña, nunca por la vía separatista, sino dentro de “un Estado federativo gradual”. Parte de su bibliografía —Notícia de Catalunya e Industrials i polítics del segle XIX— responde a esa estrategia.
El resultado es que tanto Pla (“tengo verdadera necesidad de escribirle”) como Josep Tarradellas (hasta en 11 cartas le pide a su exconsejero Frederic Rahola, cuñado de Vicens Vives, hablar con él con urgencia) le requieren. Al fin, el 14 de noviembre de 1959 se reunirá en París con el político. Sintonía alta: superar la Guerra Civil y sus partidos y crear un equipo “explícita y sinceramente anticomunista” (resume Pla) que hiciera posible la caída de la dictadura “sin explosión nacionalista y obrerista”.
Tarradellas le reservaba un papel clave. “Su aportación es esencialísima”, escribirá. La muerte del historiador siete meses después lo rompe todo. Desaparecía “el mejor soldado de Cataluña”, según Tarradellas. ¿Pero habría formado equipo con él en la transición? “Vicens Vives tenía una fortísima personalidad y no era hombre de partido; ni estos se fiaban mucho de él; era un hombre libre”, dicen las autoras. Y un navegante con —mayormente sobrevenida pero a veces también buscada— la corriente de proa.